Bienvenidos al cuarto episodio de «Salvemos la Mente Humana», el pódcast dedicado a reconocer y desactivar las dinámicas que moldean nuestra percepción de la realidad. En el episodio anterior vimos cómo un grupo construye su memoria colectiva; hoy damos un paso al lado y observamos algo igual de sutil: cómo se desplaza, con el tiempo, el límite de lo que una sociedad considera «normal» o siquiera discutible. Es el concepto conocido como ventana de Overton.
Conviene decirlo de entrada, porque es un término que a menudo se encuentra envuelto en alarma —canibalismo, complots de unos pocos contra todos, «ranas hervidas»—. Lo tomamos por lo que es, con calma: la versión real es más interesante, y más útil, que la del susto.
Qué es la ventana de Overton
El modelo se debe a Joseph P. Overton (1960-2003), analista del Mackinac Center for Public Policy, un centro de estudios estadounidense. Lo desarrolló en los años noventa y lo llamó «ventana de posibilidades políticas»; fue su colega Joseph Lehman, tras su muerte, quien lo difundió y le dio el nombre con el que lo conocemos. La idea es sencilla: en cada momento histórico existe una gama de posiciones políticamente aceptables para la mayoría. Dentro de esa «ventana» una idea puede defenderse sin parecer extrema; fuera, parece impresentable. Y la ventana no es fija: se desplaza y se ensancha con el tiempo. Una escala de grados de aceptabilidad —impensable, radical, aceptable, sensata, popular, política— fue añadida más tarde (por Joshua Treviño, en 2006) y no formaba parte de la formulación original.
Aquí está el primer malentendido que conviene deshacer, y es importante. La versión popular cuenta la ventana como una palanca que «alguien» mueve para manipularnos. Pero, como precisó el propio Lehman, el equívoco más común es creer que son los políticos quienes desplazan la ventana: por lo general se limitan a detectar dónde está y a alinearse con ella. La ventana se mueve sobre todo a través de la lenta evolución de las normas sociales —más los acontecimientos, las campañas, los medios—. Es un modelo descriptivo de cómo funcionan las ideas, no un arma secreta.
La ciencia detrás del desplazamiento
La ventana de Overton, hay que decirlo, es un esquema de la ciencia política, no una teoría experimental. Pero los mecanismos psicológicos que plausiblemente explican cómo una idea pasa de lo impensable a lo aceptable están bien estudiados, y dos en particular convergen con el modelo.
El primero es el anclaje. En un experimento clásico de Tversky y Kahneman (1974), antes de estimar una cantidad los participantes veían girar una ruleta con un número al azar: quienes obtenían 10 estimaban de media un 25%, quienes obtenían 65 estimaban un 45%. Un número del todo irrelevante «anclaba» el juicio. Traducido: proponer una posición extrema desplaza el punto que percibimos como «razonable». Es la razón por la que plantear una petición radical puede hacer que parezca moderada, por contraste, una versión menos extrema —una dinámica cercana a las técnicas de manipulación mediática de las que ya hablamos.
El segundo es la mera exposición. Zajonc (1968) mostró que la simple repetición de un estímulo —incluso neutro, hasta una palabra sin sentido— aumenta el agrado: cuanto más familiar nos resulta algo, más aceptable nos parece, al margen de su mérito. Aplicado a las ideas: cuanto más circula un tema, menos extraño suena. Es el mismo mecanismo por el que una regla heredada se vuelve indiscutible —el experimento de los cinco monos— y la razón por la que la repetición, no el argumento, hace gran parte del trabajo.
Se mueve en todas las direcciones
Un punto que la versión alarmista casi siempre olvida: la ventana se desplaza en ambas direcciones, y a menudo ese movimiento es lo que llamamos progreso. La abolición de la esclavitud, el sufragio femenino, el matrimonio igualitario fueron, en su momento, «impensables»: entraron en la ventana. La prohibición del alcohol en Estados Unidos entró y luego salió; fumar en lugares públicos pasó de normal a prohibido. La ventana que se mueve no es en sí un síntoma de decadencia: gran parte de lo que hoy consideramos justicia es la ventana que se ha desplazado.
Es aquí donde el modelo se tuerce con más frecuencia. Se evoca con ejemplos deliberadamente chocantes —el célebre esquema sobre el canibalismo, popularizado por un artículo ruso difundido por RT en Español que presentó la ventana como una técnica para «legalizar cualquier cosa»— para sugerir un deslizamiento inevitable hacia el horror, a veces con la imagen de la «rana hervida» (que es, además, una leyenda: la rana salta fuera). Pero esto tergiversa un modelo descriptivo: «impensable hoy» no significa «destinado a convertirse en ley». Muchísimas ideas extremas no se mueven en absoluto; la ventana también retrocede; y la dirección que toma está en disputa, no escrita.
Esto no equivale a ser ingenuos. Distintos actores intentan de verdad desplazar la ventana —centros de estudios, campañas, grupos de presión, medios— y una crisis o una figura de confianza pueden moverla deprisa: tras los atentados del 11 de septiembre, en Estados Unidos, normas de privacidad antes impensables se volvieron aceptables en nombre de la seguridad. Es real, y vale la pena advertirlo. Pero es la disputa normal de muchos intereses que empujan cada uno por su lado, no la dirección oculta de una pequeña camarilla que lo planifica todo «sobre el papel»; y, como señalan los propios autores del modelo, la ventana no se controla fácilmente desde arriba. Así se forma el sentido compartido de lo que es «normal» —esa percepción de la realidad que damos por sentada, y ese campo común que hemos llamado Matrix Mental Intersubjetiva.
Cómo reconocer el desplazamiento
Reconocer el desplazamiento de la ventana de Overton no exige sospechar de todo. Exige algunos hábitos precisos: valorar una idea por su mérito y sus pruebas, no por lo familiar o «mainstream» que se haya vuelto (es el antídoto a la mera exposición); advertir cuándo se pone sobre la mesa una posición extrema para desplazar el centro del debate (el antídoto al anclaje); buscar fuentes diversas; preguntarse a quién beneficia un determinado empuje —sin concluir por ello que detrás hay forzosamente un complot.
Y conviene tener presente el límite opuesto, porque es el error especular: dudar de todo cambio no es espíritu crítico, es solo la versión conservadora de la credulidad. El objetivo no es resistirse a cada desplazamiento, sino entender por qué algo ha empezado a parecernos aceptable —y decidir con lucidez si lo es de verdad.
El hilo conductor
La ventana de Overton cierra bien el recorrido de estos episodios. Hemos visto cómo se manipula la percepción, cómo se deposita la memoria de un grupo, y ahora cómo se desplaza el límite mismo de lo que ese grupo considera pensable. Son tres caras del mismo hecho: la realidad compartida no está dada, se construye —y, al construirse, también se puede empujar—. Advertirlo no nos hace inmunes, pero nos devuelve un margen de elección sobre qué aceptamos, y por qué. Es el sentido de todo esto: la mente, individual y colectiva, se puede proteger. Y se protege mejor sabiendo cómo funciona.
