Mente y Percepción

Las noches de Tefía: qué hay de cierto y qué es ficción

Una serie de televisión puede emocionar a millones de personas, ganar premios internacionales y, al mismo tiempo, dejarnos en la cabeza una versión del pasado que no coincide del todo con los documentos. Ese es el punto de partida de este análisis: no la sospecha de un complot, sino una pregunta concreta sobre cómo la […]

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Una serie de televisión puede emocionar a millones de personas, ganar premios internacionales y, al mismo tiempo, dejarnos en la cabeza una versión del pasado que no coincide del todo con los documentos. Ese es el punto de partida de este análisis: no la sospecha de un complot, sino una pregunta concreta sobre cómo la ficción moldea lo que creemos saber, y sobre cómo se defiende la memoria acudiendo a las fuentes en lugar de al rumor.

Hablamos de «Las noches de Tefía», la serie de Atresplayer dirigida por Miguel del Arco (2023), inspirada en la novela «Viaje al centro de la infamia» de Miguel Ángel Sosa Machín. Recrea la Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía, en Fuerteventura, y la represión de los homosexuales durante el franquismo. Es una obra potente. Pero es, declaradamente, una dramatización: junto al penal coloca «El Tindaya», un music-hall de pura fantasía imaginado por los presos. Y una dramatización no es un documental.

Por qué «es solo una serie» no basta

La distinción no es un detalle menor. Cuando una película histórica contradice lo documentado, tendemos a recordar la versión de la pantalla como si fuera el hecho. En un estudio de Butler, Zaromb, Lyle y Roediger (2009), quienes habían leído un texto históricamente correcto y después vieron un fragmento que lo contradecía «recordaban» la información falsa de la película hasta en la mitad de los casos. Y una advertencia genérica —»ojo, es solo una película»— no bastaba para protegerlos: solo funcionaba una advertencia específica, que señalaba el error concreto. Es decir: decir «es ficción» no protege a nadie. Hace falta saber dónde, exactamente, la ficción se aleja de las fuentes.

Qué dicen los documentos

Empecemos por lo sólido, porque hay que reconocerlo sin rebajas. La modificación del 15 de julio de 1954 de la Ley de Vagos y Maleantes —una ley de origen republicano, de 1933, que el franquismo endureció— introdujo la homosexualidad como «estado peligroso». Desde entonces un hombre podía ser internado no por un delito cometido, sino por el hecho mismo de ser homosexual. Lo documenta quien ha estudiado los expedientes: Guillermo Portilla Contreras, catedrático de Derecho Penal y autor de «El infierno penal de los homosexuales durante el franquismo», reconstruye desde el Archivo Histórico Provincial de Las Palmas un mecanismo preciso: por lo general dos años de privación de libertad, después dos de destierro, y luego unos delegados del gobierno que, con la excusa de buscarles trabajo, los seguían y avisaban a los empleadores de que habían sido condenados. Una persecución, en sentido pleno. Eso no está en discusión, y ninguna crítica a la serie puede borrarlo.

Conviene, eso sí, recoger dos precisiones que la propia investigación de la memoria ha establecido —y que la divulgación suele saltarse—. Las firma Víctor M. Ramírez, investigador de la memoria LGTBI, en su trabajo «Los mitos y realidades de Tefía». La primera: la colonia se creó en enero de 1954 para el tratamiento de «vagos y maleantes» en general, es decir, antes de que en julio la ley incluyera la homosexualidad; no nació como cárcel para homosexuales. La segunda: según los expedientes, los homosexuales fueron una minoría. De los entre 300 y 350 reclusos que pasaron por Tefía en doce años, una veintena lo fueron por su disidencia sexual; el resto eran «peligrosos sociales» de distintas categorías, presos comunes y algún preso político. «Cárcel solo para gais» es, literalmente, inexacto.

Qué cuentan los testigos de Tefía

Aquí entra el trabajo de campo de Gabriel Capitán, que ha entrevistado a quienes conocieron la colonia de cerca; sus entrevistas están recogidas en su canal, y devuelven una cotidianidad muy distinta de la televisiva.

Isidro Vera Moreno, vecino de Tefía, de 93 años, recuerda presos que iban a por agua a los pozos, que jugaban al fútbol con los chicos del pueblo, que iban a misa en el mismo camión que los funcionarios; preguntado directamente por malos tratos o hambre, responde con prudencia: él, delante, no los vio; había un funcionario «más duro», pero de palizas no vio. Pedro Carreño, buen conocedor de la historia de Fuerteventura, describe un lugar sin vallas ni guardias armados, una especie de «semilibertad»: los reclusos ayudaban a las familias vecinas, trabajaban las pocas tierras, iban a los bares el fin de semana. Marisa Segura, hija del primer administrador, y su marido Martiniano Martín —funcionario de prisiones llegado en 1963— hablan de una convivencia «como en familia»: sin cabezas rapadas ni uniformes (los reclusos vestían su propia ropa), con camas, un equipo de fútbol mixto de presos, funcionarios y vecinos, y el picado de piedra limitado a unas horas de la mañana. Citan además a una figura muy respetada en la isla, el médico don Arístides, que según ellos no apreció malos tratos. Para quien vivió allí esos años, la idea de un «campo de concentración» resulta irreconocible.

Por qué estos relatos no se contradicen tanto como parece

Cabe preguntarse cómo encaja todo esto con los relatos de horror. La respuesta es más cronológica que ideológica, y la dan las propias fuentes.

Los testimonios más duros no vienen de periodistas, sino de dos expresos homosexuales, Juan Curbelo y Octavio García, recogidos por el historiador Miguel Ángel Sosa. Hablan de trabajos forzados, palizas y hambre atroz, y los investigadores de la memoria los consideran fiables. Pero —y este es el punto decisivo— el propio Octavio García precisa que aquel régimen durísimo no se mantuvo durante toda la vida de la colonia: los primeros años, bajo el primer director, fueron los más crueles; después las condiciones cambiaron. El mismo matiz lo recoge Víctor Ramírez. Y los testigos de Gabriel describen precisamente los años posteriores: Martiniano Martín habla de forma explícita de 1963-66, cuando la colonia se vaciaba y apenas quedaban internos.

Dicho de otro modo: una colonia que duró doce años no fue siempre igual a sí misma. Quien estuvo preso en los primeros años y quien trabajó allí al final pudieron ver, de buena fe, dos Tefías distintas. No es una contradicción que haya que resolver a favor de una parte: es la historia de un lugar que cambió con el tiempo. Y conviene decir con claridad un límite de perspectiva: los vecinos y los funcionarios veían la vida externa y diurna de la colonia; lo que ocurría dentro —y la razón legal misma del internamiento, haber sido recluido por ser homosexual— no se veía desde el pueblo.

Dónde la leyenda y la ficción exceden los hechos

Sobre ese fondo, algunas cosas que hoy circulan conviene de verdad redimensionarlas, y es sano decirlo:

  • La etiqueta «campo de concentración», aplicada en bloque a toda la historia de Tefía, va más allá de lo que sostienen las fuentes: no fue un campo de exterminio, y durante buena parte de su existencia la vida cotidiana fue, en muchos aspectos, la que describen los testigos locales.
  • El trabajo forzado —el picado de piedra— afectaba a todos los reclusos: era la pena de aquel penal, no una crueldad dirigida en exclusiva a los homosexuales.
  • El propio Portilla, que examinó los expedientes, sostiene que las «terapias aversivas» de las que a veces se habla no se aplicaron ni en las prisiones ni en las colonias agrícolas: es un dato difundido en la red sin respaldo en ningún expediente.

Dos historias distintas que la memoria confunde

Hay además un equívoco que merece capítulo aparte, porque es el ejemplo perfecto de cómo la memoria colectiva funde hechos distintos. En los mismos años cuarenta, y en la misma isla —pero más de una década antes de la colonia—, operó el 91º Batallón Disciplinario de Soldados Trabajadores Penados: jóvenes que habían combatido en el ejército republicano durante la guerra civil y que, terminado el conflicto, fueron obligados a un «servicio militar» de trabajos forzados. Llegaron a Canarias en septiembre de 1941 y se marcharon a comienzos de 1943; una de las tres compañías fue destinada a Fuerteventura, y los historiadores de la Universidad de La Laguna la señalan como la más sacrificada, con muertes por las penurias y condiciones durísimas. Ese batallón construyó caminos y pistas —quizá también, hacia 1941, la del aeródromo que solo en 1952 pasaría al Ministerio de Justicia para convertirse, poco después, en la colonia penitenciaria.

Son dos cosas completamente distintas: prisioneros políticos republicanos a comienzos de los años cuarenta por un lado, y reclusos de la Ley de Vagos y Maleantes entre 1954 y 1966 por otro. Y, sin embargo, con el paso de las décadas la memoria popular los ha superpuesto, atribuyendo a la colonia episodios de brutalidad que pertenecen al batallón. Lo subraya el propio Gabriel Capitán en su trabajo: no hay que confundirlos. Es una observación que corta en ambos sentidos —recuerda que la represión franquista en Fuerteventura fue real y por momentos durísima, pero para otro grupo y en otra época— y por eso mismo es un buen antídoto contra la confusión.

El punto honesto, en ambas direcciones

La conclusión no es elegir una versión absoluta. «En Tefía nunca pasó nada» no se sostiene: lo desmienten los dos expresos cuyos testimonios los historiadores consideran fiables y, sobre todo, lo desmiente el dato de fondo, que ningún testigo niega: hubo hombres internados, desterrados de su tierra y perseguidos también después, por el solo hecho de ser homosexuales. Eso, en sí mismo, es violencia, por apacible que fuera la vida diurna de la colonia.

Al mismo tiempo, tampoco la versión más truculenta se sostiene como hecho incontrovertible para toda la historia del lugar. El propio Portilla, que documenta la persecución, observa que las víctimas se quejan más de un «trato degradante» que de torturas en sentido estricto, y que los peores abusos se dieron en las cárceles comunes más que en las colonias agrícolas. La verdad honesta sostiene tres cosas a la vez: una persecución legal real y documentada; unas condiciones de vida que variaron mucho en el tiempo, duras al principio y más abiertas después; y una serie de exageraciones y confusiones que han crecido con los años alrededor del caso.

Por qué esto te concierne

Tefía es un caso casi de manual de cómo se forma la memoria colectiva. Hay un hecho histórico real y grave; hay testimonios distintos según la época y el punto de observación; hay episodios diferentes que la memoria tiende a fundir; hay detalles falsos que circulan en la red; y hay, por encima de todo, una ficción emocionalmente poderosa que muchos terminan recordando como crónica. Cuando una dramatización se toma por documental —sobre todo si entra en las aulas como «historia»— puede sustituir un suceso complejo por una versión simplificada y de un solo sentido. Así se moldea lo que toda una generación cree saber: no con un único engaño, sino con un relato repetido hasta que parece obvio. Es el mismo campo de fuerzas del que hablamos al describir la Matrix Mental Intersubjetiva, y toca de cerca nuestra percepción de la realidad.

No se trata de defendernos de un enemigo oculto, sino de aprender a distinguir la novela de la crónica, el testimonio del documento, lo probado de lo que solo está bien contado —y a mantenerlos separados incluso cuando la historia, como la de Tefía, resulta incómoda en más de una dirección. En el próximo episodio entramos en las técnicas de manipulación psicológica con las que los relatos nos convencen; más adelante, en cómo puede protegerse la memoria colectiva.

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