Bienvenidos al tercer episodio de «Salvemos la Mente Humana», el pódcast dedicado a reconocer y desactivar las dinámicas que moldean nuestra percepción de la realidad. Tras desmontar las técnicas de la manipulación mediática, partiendo del caso de Fuerteventura, nos movemos a un terreno más amplio: la memoria colectiva, es decir, el modo en que toda una comunidad recuerda —y olvida— su propio pasado.
Es un tema menos abstracto de lo que parece. La memoria colectiva es lo que mantiene unido a un grupo, una nación, una cultura; y es también, precisamente por eso, uno de los terrenos donde se juega la partida más sutil entre verdad y relato.
Qué es la memoria colectiva
El concepto se debe al sociólogo Maurice Halbwachs, que en los años veinte del siglo pasado observó algo nada obvio: los recuerdos no son solo un asunto individual. Se forman y se conservan dentro de un marco social —la familia, la comunidad, la nación— que nos da las referencias para interpretar el pasado. La memoria colectiva, en este sentido, no es la simple suma de los recuerdos de cada uno, sino una representación compartida que un grupo construye de sí mismo y transmite con el tiempo.
Vive en las tradiciones, en los monumentos, en la literatura, en el arte y, cada vez más, en los medios. Y no es un archivo fijo: es un proceso dinámico, que selecciona algunos hechos y deja otros en sombra, que se adapta y se reescribe según lo que una sociedad considera importante en un momento dado. Es también el modo en que un grupo hereda sus certezas: una versión del pasado puede transmitirse de generación en generación hasta volverse indiscutible, incluso cuando ya nadie recuerda de dónde viene —la misma dinámica que relata el experimento de los cinco monos. Esa plasticidad es su fuerza —mantiene viva la memoria— pero es también su vulnerabilidad.
Una memoria que se puede reescribir
Que la memoria sea reconstructiva, y no un simple registro, es uno de los resultados más sólidos de la psicología. En un experimento clásico de Loftus y Palmer (1974), a quienes habían visto un accidente de tráfico se les pedía estimar la velocidad: bastaba sustituir el verbo «chocaron» por «se estrellaron» para que las estimaciones subieran y, días después, algunos «recordaran» cristales rotos que no existían. No cambiaba el hecho, cambiaba el modo de contarlo —y el recuerdo se moldeaba en consecuencia.
A nivel colectivo el mecanismo se amplifica. El estudio de Coman, Manier y Hirst (2009), realizado sobre los recuerdos del 11 de septiembre, mostró cómo el relato selectivo de un acontecimiento —lo que se elige repetir y lo que se calla— induce a quien escucha a olvidar los detalles no mencionados, haciendo converger los recuerdos de un grupo hacia una versión común. Es un punto importante y poco intuitivo: la memoria compartida no se deforma solo cuando alguien miente. Se moldea también a través de la mecánica ordinaria de lo que se repite y lo que queda sin decir —un proceso en el que los medios, por su capacidad de repetir a gran escala, participan de forma decisiva.
Cuando la ficción ocupa el lugar del documento
El riesgo se vuelve concreto cuando un relato de ficción se confunde con documentación histórica. Es lo que ocurrió con la Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía, ya en el centro de nuestros episodios anteriores: una serie de televisión y algunas novelas difundieron una imagen que en varios puntos la historiografía corrige.
Las correcciones defendibles son conocidas: Tefía no nació como, ni fue en su mayoría, un «campo de concentración para homosexuales». Era una colonia penitenciaria creada para los llamados «vagos y maleantes», donde los homosexuales eran una minoría —una veintena entre más de trescientos internos— junto a presos comunes y políticos. La etiqueta de «campo de concentración» es históricamente desproporcionada. Para los testimonios locales y el material documental sobre el lugar existen recopilaciones dedicadas, como los vídeos y las entrevistas sobre la colonia de Tefía.
De hecho, la memoria local tiende a confundir la colonia de los años cincuenta y sesenta con el Batallón 91, un batallón disciplinario de prisioneros republicanos que operó en Fuerteventura una década antes, en condiciones mucho más duras: dos episodios distintos que el recuerdo colectivo funde en uno solo. Es exactamente el modo en que una memoria compartida, abandonada a sí misma, superpone y simplifica.
Pero aquí hace falta la misma honestidad en el otro sentido, y es el punto que toca de cerca a la memoria colectiva. Corregir una imagen desproporcionada no significa borrar lo que está documentado: en aquellos años la persecución legal de la homosexualidad en España fue real —la ley de «vagos y maleantes», modificada en 1954, convirtió la homosexualidad en un «estado peligroso», y hubo hombres internados precisamente por ello—. La versión dramatizada simplifica y amplifica; la reacción que niega toda persecución simplifica en sentido contrario. Ambas, de modos distintos, distorsionan la memoria compartida. Protegerla no consiste en sustituir un mito por su contrario, sino en sostener la complejidad de lo documentado. El cuadro completo lo reconstruimos en el episodio dedicado a la serie Las noches de Tefía.
Cómo proteger la memoria colectiva
Las herramientas no son distintas de las que vimos en el episodio sobre la manipulación: pensamiento crítico, alfabetización mediática, verificación de las fuentes. Aplicadas a la historia, significan algunos hábitos sencillos: preguntarse si un relato está documentado o novelado, distinguir la novela histórica —que se ancla a hechos reales— de la ficción pura, remontarse a las fuentes antes de aceptar una versión como «la historia».
Hay un detalle honesto que añadir: el escepticismo genérico no basta. Como vimos en el primer episodio, ante un relato engañoso una advertencia vaga —»cuidado, podría ser falso»— no protege; solo funciona señalar el error concreto. Y vale también el límite opuesto: dudar de todo no es espíritu crítico, es otra forma de perder el contacto con los hechos.
Todo esto importa porque la memoria moldea el presente. Cuando grupos distintos recuerdan el pasado de maneras irreconciliables, alimentados por relatos divergentes, nuestra percepción de la realidad se aleja de la de quien tenemos al lado, y se alimenta ese campo compartido que hemos llamado Matrix Mental Intersubjetiva. Custodiar una memoria precisa es también un modo de mantener un terreno común sobre el que poder seguir hablándonos.
La pregunta que queda
Al final de este recorrido queda una, simple e incómoda: ¿cuántas cosas damos por ciertas solo porque las hemos visto en una pantalla? Nuestra imagen del pasado es más maleable de lo que nos gusta creer, y los relatos bien construidos pueden ocupar, en el recuerdo, el lugar de los hechos.
No es una invitación a la desconfianza, sino al cuidado. Reconocer cómo se forma —y cómo se deforma— la memoria colectiva no nos hace inmunes, pero nos devuelve un margen de elección sobre qué decidimos recordar y transmitir. Y hay un paso más: la misma plasticidad que reescribe la memoria compartida desplaza también el límite de lo que una sociedad considera aceptable —es la ventana de Overton, de la que hablamos en el próximo episodio. La mente, individual y colectiva, se puede proteger; y se protege mejor sabiendo cómo funciona.
